lo que hago, lo que encuentro, lo que me gusta, algún paseíto, la búsqueda de mentiras que valen la pena (Sabina), el deseo de habitar el tiempo (Silvio)
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domingo, 11 de noviembre de 2012
viernes, 4 de mayo de 2012
La Gota
La Gota
Yo llamé a Daniel sin saber quién
era. Luego nos conocimos y me envió La Gota por correo. La gota
resbaló dentro de mi casa dejando un hilo húmedo en la esquina de
la estantería, en la puerta de la nevera, en la lámpara. Al final
cayó en el papel blanco que la absorbió por completo. Mentira.
Cuando se secó se evaporó hasta el techo de nuevo y siguió su
recorrido. Es sólo que desde entonces el papel supo cuál era su
destino.
La gota del texto de Daniel no
para de viajar dejando a su paso un pequeño movimiento de
circunstancias. Pequeño. Todo lo grande empieza por algo pequeño.
Yo quise dibujar con poco, sólo 3
colores: azul, sepia, rosa, al fin y al cabo no era una aventura de
vaqueros, ni un cuento de hadas, sólo la historia de una gota que da
lugar a otras pequeñas historias, pequeñitas, cotidianas, un niño
llora, un perro ladra, un hombre se estremece. Y despacio, rayando
líneas que se superponen despacio. Necesito despacio. Fuera necesito
despacio porque dentro algo ya va muy rápido.
Y entonces veo su sombra que
atraviesa el papel, sigue por la mesa y continúa por el suelo. Es
una bruja. No, es Mary Poppins. No, es Colette, una historia sobre la
felicidad.
Y la dibujo volando sobre las
palmeras. A ella le gustó y siguió rondando por allí, volando como
vuela todo cuando dibujo. Cuando dibujo, de repente, aviones cruzan
el cielo, un globo atraviesa una nube y personas sin alas saben
volar.
La mujer del paraguas decidió
quedarse hasta el final y despedirse silenciosa, tranquila, sabedora
de que la historia no acaba en la última página, igual que no
empieza en la primera.
Yo, después de dos páginas a
tres colores tuve que añadir más: ocre, celeste, carmín. Ellos me
pidieron colaborar. Y yo no pude negarme.
La gota visitó un cedro (¿cómo
es un cedro? Google Imágenes), un trigal, vio un lagarto, un pinzón
azul, un pastor belga (¿cómo son un pinzón azul y un pastor belga?
Google Imágenes) hasta que decidió volver a la nube de la que
salió. Pero ya era otra nube. Todo era otra cosa. Lo único que no
cambia es que todo cambia, decían los chinos de antes. Los de ahora
ya no se acuerdan.
Nosotros, Daniel, Verónica y yo
hicimos el libro. No fue fácil. Yo nunca estaba contenta. Dicen que
los ilustradores nunca están contentos. Hasta que me obligué a
estarlo. Y lo estuve.
Y luego vino lo de la
presentación. ¡Glub!.Yo creía que no era capaz, que eso que otros
podían era un imposible para mí. Pero luego, a empujones, conseguí
inventarme que sí, que podía. Me lo inventé igual que inventé un
paraguas, una madre, una caseta de perro. Y lo hice, en voz alta, en
público: presenté mi parte. Increíble. ¡Carajo, esa gota tan
pequeña, a saltos de causa y efecto, con su voluntad de cambiar las
cosas, todo lo que movilizó!
Presentación de La Gota
en la Feria del Libro,
Las Palmas, mayo 2012
martes, 6 de diciembre de 2011
gris obediente
Baja la rampa obediente. La rampa de la fábrica gris donde trabaja obediente. Regresa a casa obediente para descansar y comer lo suficiente para poder regresar al otro día.
Ricardo Amarillo Sanjuán es un hombre de 52 años, apocado, flaco, de ropas viejas bien cuidadas. Cada día de la semana hace lo mismo obedeciendo un patrón que nunca escribió pero que nunca puso en duda.
Los ojos de Ricardo se fueron llenando de una ojeras grises, del mismo tono de gris que tenía la fábrica. Hasta las paredes de la casa se fueron agrisando en los 35 años de rutina.
Al principio, los fines de semana, comía en casa de su madre. Luego, tras su fallecimiento, Ricardo come solo, se da un paseo por el barrio vacío a las 4 de la tarde del sábado, llega hasta el parque de San Isidro, mira los patos y la fuente de agua verde. 10- 15 minutos. Y vuelve. Cuando él regresa algunos vecinos empiezan a salir de sus casas, al cine de las 6, a comprar helado, a caminar al parque de San Isidro. La rutina es gris. El gris mezcla todos los colores y los mata con un poco de ceniza blanca.
Pero Ricardo no es infeliz. Al menos no lo sabe y eso le ahorra infelicidad. Ricardo no se plantea hacer algo nuevo, su vida es así y así está bien.
Sube las escaleras de su edificio. “...probablemente ya de mí te hayas olvidado...”. Sale música entre las rendijas de la puerta de la vecina del tercero, esa mujer entradita en carnes, que habla un poco alto.
En una playa de las costas andaluzas, una mujer entradita en carnes, con algunas canas, gritando un poco más alto de lo que aconsejan las buenas maneras, llama a su hija. “Verónicaaaa … Verónicaaaa... ven, no te me pierdas, quédate cerca”. La niña obedece. La madre de Verónica vuelve a reclinarse en la tumbona de alquiler. Se pone bronceador en todo el cuerpo y descansa dejando que todo el sol andaluz entre en su piel. Quiere que quede constancia de su paso por esta playa cuando acaben las vacaciones y regrese a casa, a la rutina, donde lo más lejos que puede llegar es al parque San Isidro a dar un paseo a la niña. Al menos el color que le devuelve el espejo la consuela por un tiempo.
Ricardo se sienta en el sillón desgastado y enciende la tele. La tele es lo único real que ocurre en su vida. Lo demás es humo gris. Y lo real le moviliza neuronas que él no alcanza a percibir. Por eso está tan sorprendido y asustado con un deseo creciente que se asienta en su pecho. No entiende esta necesidad nueva, cuando toda su vida se sintió completo, o, al menos, nunca detectó ningún agujero en su día a día. Ahora tiene miedo de sí mismo y del ogro que le crece dentro.
Ricardo ve la tele con la misma obediencia rutinaria con que lo hace todo. Por eso no es conciente de cuándo empezó el programa Españoles en el mundo. Ni de cómo sonríe bobaliconamente viendo la felicidad de otros que un día decidieron empezar una vida nueva en un nuevo país. Por eso no puede creer esa frase que se repite ya a cada hora en su cerebro lleno de materia gris: “quiero ser protagonista de Españoles en el mundo, quiero ser protagonista de españoles en el mundo, quiero...” La frase se repite cada vez más rápido, cada vez más alta. Está empezando a sentir una opresión en el pecho que no le deja respirar. Es algo nuevo que le asusta. Por primera vez en su vida, se levanta del sillón a las 6 de la tarde del sábado, apaga la tele y sale a caminar a ver si se le pasa esta agonía que le hormiguea por todo el cuerpo. Baja las escaleras. La vecina del tercero sigue oyendo “...se me olvidó otra vez que habíamos terminado, que nunca volverás, que nunca me quisiste, se me olvidó ooootra veeeez que sólo yo te quise...” En ese momento su puerta se abre y ella se asoma gritando “Verónicaaa, sube a merendaaar”. Ella se siente demasiado gritona cuando se encuentra la mirada de Ricardo.
Ricardo, en cambio, sólo ve el color bronce, saludable, brillante, de la piel de ella. La frase de sus miedos se ralentizó en su cabeza, sus pulmones pudieron respirar mejor y un poco de gris obediente empezó a desgajarse de su hoja de ruta. Quizá en las próximas vacaciones vaya a Yucatán. O a Malasia. O a Oslo.
octubre 2011
martes, 5 de abril de 2011
Candela, Fernando e Isaías
Todos los viernes Candela, madre soltera, se levantaba temprano, llevaba la niña al colegio y luego se refugiaba en una cafetería acogedora y cálida donde tomaba el desayuno y escribía poemas de amor.
Porque Candela, que toda la semana se dedicaba a su casa, su trabajo, su hija, necesitaba desahogar todo aquel torrente arremolinado que corría por sus venas y que apenas tenía tiempo de materializar siquiera en pensamientos. Así que los viernes ella se daba permiso para calentar una lasaña de Mercadona para el almuerzo, y así disponía de la mañana para sus versos.
Y allí le salían a borbotones desordenados las más arrebatadas palabras de amor, las más tiernas y delicadas y las más desesperadas y dolorosas, llenas de deseos inexpresables y fantasías descontroladas. Todo le salía así, como una llamarada violenta que elevaba 2 grados la temperatura de la cafetería, entre el té con leche y el croasán, entre lágrimas, suspiros y sonrisas avergonzadas por las miradas furtivas de los camareros.
El nuevo vecino de Candela, causante de todo este desaguisado hormonal, era un hombre reservado, seco, parco, pero de cierta afabilidad distante. Fernando, un hombre maduro, de buen ver, recién había llegado al barrio, justo a la casa de al lado de Candela. Apenas había hablado con esa mujer, pero ella ya se había ofrecido a ayudarle en un par de trámites en los días en que se instaló en su nueva casa. También le llevó la cena aquel día en que hubo apagón general y la cocina vitro no funcionó. Era guapa aquella mujer, pero no era de su interés. De vez en cuando hasta le provocaba rechazo verla con esa falda de campana, hecha de retales. Tanto rojo vermellón le resultaba irritante, no soportaba las salidas de tono. Últimamente tenía la sensación de encontrársela cada vez que abría la puerta. Solía ofrecerse para ayudarle en cualquier cosa. Él lo aceptaba siempre que le venía bien. Pero Fernando no sentía agradecimiento. Fernando vivió su infancia de pobre en un barrio de niños ricos a los que siempre miró con desprecio y envidia. Aprendió a tomar de los demás como una compensación que le debía la vida, a la que no tenía que retornar nada. Para él era natural pedir y que le dieran. Simplemente. Así que jamás vió a Candela como algo más que una proveedora de chirriante falda rojo vermellón.
Ese lunes Isaías decidió ponerse en marcha después de tres años paralizado, sin atreverse a dar el primer paso. Sin pensar, a primera hora, se acercó a casa de Candela. Ella le abrió la puerta y vio sorprendida a aquel hombre flaco y nervioso que tantas veces se encontraba en la panadería. “Hola. Por favor, acéptame esto”. Él le entregó con manos temblorosas una caja de zapatos. Y, como si quisiera difuminarse en el paisaje, sonrió con tristeza, dio la vuelta y caminó sin pisar, en dirección contraria.
Candela, sorprendida, miró mecánicamente la puerta de su vecino, por si tenía suerte y se materializaba su obsesión en forma de hombre. Pero no. Cerró la suya y, curiosa, abrió la caja de zapatos. Estaba llena de papeles, hojas de libreta, trozos de papel de envolver de la panadería, servilletas, algún clínex, hasta un envoltorio de caramelo. Tomó el primer papel arrugado y empezó a leer. Candela se sentó despacio y se introdujo sin dificultad en un mundo de poemas de amor deslavazados en variados papeles que mostraban que fueron escritos en cualquier parte al calor de un arrebato. Poemas de amor llenos de alegría, de desconsuelo, de deseos, de pasión rojo vermellón. No pudo dejar de leer hasta que hubo bebido cada uno de los poemas que le hablaban de un mundo paralelo al suyo, tan igual, tan intenso, que no pudo por menos sentir que eran almas gemelas llenas de amor, que miraban en direcciones equivocadas, que se golpeaban con paredes inertes, sin puertas que atravesar. Las lágrimas corrían por sus mejillas, las mangas se humedecían absorbiendo sus mocos, incapaz de levantarse ante la aplastante verdad de los amores desencontrados.
En ese momento sonó el timbre. De forma lenta y automatizada se acercó a abrir. Era Fernando, el vecino, a quien vio como si un zoom lo alejara empequeñeciéndolo. Fernando miró la lágrimas, los mocos, la camisa llena de goterones. “ Se me acabó el café, ¿me das un poco?”. Y le tendió un vaso de cristal viejo y mate. Candela volvió, lenta, sobre sus pasos hasta la cocina. Llenó el vaso de café molido y luego se lo dio. Fernando, sin dar las gracias, con unas turbias palabras que parecían dar a entender que ya se lo devolvería, entró en su casa.
Candela, con los ojos hinchados, miró el cielo. Amanecía. Bajó la mirada y allá lejos vio al panadero, gordito y bonachón, abriendo la puerta de la panadería.
martes, 22 de marzo de 2011
domingo, 20 de marzo de 2011
jueves, 13 de marzo de 2008
El garaje de papá es pequeño, oscuro, desordenado, lleno de manchas de grasa de coche. Tiene un único bombillo fluorescente que da una luz pobre y fría que ensombrece el lugar más que lo ilumina. Y una radio pequeña que suena como si estuviera dentro de una lata.
Está casi todo ocupado por el coche que compró a medias con el tío Ramón. El coche está sin ruedas, subido sobre cuatro pilas de bloques. Es rojo.
A papá le encanta meterse en el agujero cuadrado que hay debajo en el suelo. A mí el agujero me da miedo. Pero él, con su llave inglesa y una bombilla amarillenta unida a un cable largo se pasa horas mirando la parte baja del coche. Pone cara de arqueólogo que ve por primera vez las pinturas en los techos de la cueva de Altamira, o algo así de importante. Y empieza a apretar tuercas, desenroscar tornillos muy gordos, sacar de allí toda clase de cachivaches negros de grasa y polvo, hasta unos muelles muy grandes que dan ganas de ponérselos en los pies para saltar.
Así pasa las tardes, los fines de semana, los días de fiesta y el coche siempre igual. O sea, viejo, muy viejo.
Yo siempre entro a media tarde. A las cinco, antes de empezar a planchar, mamá me saca de los deberes del colegio para que le lleve un buchito de café a papá. Voy por el patio despacito, con miedo a que se me desparrame alguna gota de la taza.
A mi padre le gusta mucho el café. Sale del agujero que me hace temblar las piernas y se acomoda en la puerta del garaje. Siempre en la misma postura, como cansado, pero con ojos brillantes que miran las ramas del nisperero. Se nota que saborea cada sorbo. Creo que en ese rato simplemente se va. No está en su cuerpo.
Yo aprovecho su ausencia y hago como que lo miro todo, y me paro en la mesa llena de herramientas y otras cosas que no sé qué son y que, creo, no sirven para nada. Mi madre siempre dice que a mi padre le encanta guardar porquerías.
Pero lo que de verdad hago es mirar el póster de la pared. Está viejo, despuntado, amarillento, lleno de huellas dactilares de grasa negra. La chica desnuda me mira. Me sonríe, un poco forzada, eso sí, pero yo la entiendo: no debe ser cómoda esa forma de tumbarse sobre el capó de su coche. También parece forzado el peinado, pero eso sí que no sé porqué.
La chica, con sus tetas al aire, inquietándome, hace el esfuerzo de sonreír y no caerse, y sigue mirándome. He probado a moverme, a mirarla de lado: no hay duda, me mira a mí. Me pongo colorado: nunca había visto una mujer desnuda y quizá por eso no puedo mirar otra cosa. Es raro ver a una mujer desnuda. Me siento como atrapado por ella y, a la vez amenazado. Pero no sé porqué. Me gustaría mirarla y que no me viera. Pero no me quita ojo. Nos miramos mutuamente todo el rato. Empiezo a marearme un poco.
Pero ya papá me devuelve la tacita. Me mira con una sonrisa un poco rara en él, como de bobo, como de enamorado de película de la tele. Yo, siguiendo el ritual, meto el dedo y luego chupo el azúcar bañado en el café que quedó en el fondo. Y me voy con mamá. Aún no he encontrado un pretexto convincente para seguir mirando a la chica sin que papá se dé cuenta. Pero no importa. La he memorizado bien. Y, por la noche, en la cama, revivo el garaje, con blancas paredes limpias, con luz intensa y cálida, con herramientas ordenadas, con coche rojo reluciente, con un vaso de plástico con caléndulas del jardín y con ella sonriéndome desde el póster nuevo, ahora sí, relajada.
RM, feb08
Está casi todo ocupado por el coche que compró a medias con el tío Ramón. El coche está sin ruedas, subido sobre cuatro pilas de bloques. Es rojo.
A papá le encanta meterse en el agujero cuadrado que hay debajo en el suelo. A mí el agujero me da miedo. Pero él, con su llave inglesa y una bombilla amarillenta unida a un cable largo se pasa horas mirando la parte baja del coche. Pone cara de arqueólogo que ve por primera vez las pinturas en los techos de la cueva de Altamira, o algo así de importante. Y empieza a apretar tuercas, desenroscar tornillos muy gordos, sacar de allí toda clase de cachivaches negros de grasa y polvo, hasta unos muelles muy grandes que dan ganas de ponérselos en los pies para saltar.
Así pasa las tardes, los fines de semana, los días de fiesta y el coche siempre igual. O sea, viejo, muy viejo.
Yo siempre entro a media tarde. A las cinco, antes de empezar a planchar, mamá me saca de los deberes del colegio para que le lleve un buchito de café a papá. Voy por el patio despacito, con miedo a que se me desparrame alguna gota de la taza.
A mi padre le gusta mucho el café. Sale del agujero que me hace temblar las piernas y se acomoda en la puerta del garaje. Siempre en la misma postura, como cansado, pero con ojos brillantes que miran las ramas del nisperero. Se nota que saborea cada sorbo. Creo que en ese rato simplemente se va. No está en su cuerpo.
Yo aprovecho su ausencia y hago como que lo miro todo, y me paro en la mesa llena de herramientas y otras cosas que no sé qué son y que, creo, no sirven para nada. Mi madre siempre dice que a mi padre le encanta guardar porquerías.
Pero lo que de verdad hago es mirar el póster de la pared. Está viejo, despuntado, amarillento, lleno de huellas dactilares de grasa negra. La chica desnuda me mira. Me sonríe, un poco forzada, eso sí, pero yo la entiendo: no debe ser cómoda esa forma de tumbarse sobre el capó de su coche. También parece forzado el peinado, pero eso sí que no sé porqué.
La chica, con sus tetas al aire, inquietándome, hace el esfuerzo de sonreír y no caerse, y sigue mirándome. He probado a moverme, a mirarla de lado: no hay duda, me mira a mí. Me pongo colorado: nunca había visto una mujer desnuda y quizá por eso no puedo mirar otra cosa. Es raro ver a una mujer desnuda. Me siento como atrapado por ella y, a la vez amenazado. Pero no sé porqué. Me gustaría mirarla y que no me viera. Pero no me quita ojo. Nos miramos mutuamente todo el rato. Empiezo a marearme un poco.
Pero ya papá me devuelve la tacita. Me mira con una sonrisa un poco rara en él, como de bobo, como de enamorado de película de la tele. Yo, siguiendo el ritual, meto el dedo y luego chupo el azúcar bañado en el café que quedó en el fondo. Y me voy con mamá. Aún no he encontrado un pretexto convincente para seguir mirando a la chica sin que papá se dé cuenta. Pero no importa. La he memorizado bien. Y, por la noche, en la cama, revivo el garaje, con blancas paredes limpias, con luz intensa y cálida, con herramientas ordenadas, con coche rojo reluciente, con un vaso de plástico con caléndulas del jardín y con ella sonriéndome desde el póster nuevo, ahora sí, relajada.
RM, feb08
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