martes, 21 de agosto de 2007

el ladrón de galletitas

Una mujer llega a una estación de ferrocarriles para subir al tren que la dejará después de un viaje de dos horas en su ciudad natal. Al preguntar en el andén de salida, el empleado de la estación la avisa de que , lamentablemente, el convoy va con retraso y que llegará a la estación una hora más tarde de lo previsto.
Molesta, como cualquier persona a quien le toque aguantar un plantón inesperado, la mujer se acerca a un pequeño establecimiento de la estación y compra allí un par de revistas, un paquete de galletitas y una lata de refresco. Minutos después, se acomoda en uno de los bancos del andén para esperar al convoy. Pone sus cosas a un lado y empieza a hojear una de las revistas.
Pasan unos diez minutos. Por el rabillo del ojo, ve acercarse a un joven barbudo que toma asiento y sigue leyendo su revista.
Otra vez de reojo, la mujer ve con asombro cómo, sin decir ni una sola palabra, el joven estira la mano, coge el paquete de galletitas que está entre ambos encima del banco, lo abre y coge una galletita. "¡Qué poca vergüenza!", piensa ella.
Dispuesta a poner punto final a esa situación, pero no a dirigirle la palabra al joven descarado, la mujer se gira y, ampulosamente, coge una galletita de paquete y, mirando fijamente al muchacho, le da un mordisco. El joven, por toda respuesta, sonríe y...coge otra galletita de paquete.
La mujer está indignada...No se lo puede creer. Vuelve a mirar fijamente al muchacho y coge una segunda galletita. Esta vez hace un gesto exagerado con ella frente a la mirada del joven y, sin quitarle los ojos de encima mastica con enfado la galleta.
Así continúa este extraño diálogo silencioso entre la mujer y el chico. Galletita ella, galletita él. Primero uno, luego el otro...La señora cada vez más indignada; el muchacho cada vez más sonriente. En un momento determinado, en el paquete queda una única galletita. La última galletita. "No se atreverá...", piensa la mujer.
Y como si hubiese leído el pensamiento de la indignada mujer, el joven alarga la mano de nuevo y, con mucha suavidad, saca del paquete la última galletita, la parte por la mitad y, mirando fijamente a los ojos de ella, le ofrece una de las mitades con su sonrisa más encantadora.
- Gracias - le dice ella aceptando la mitad con voz y cara de pocos amigos.
En ese momento, llega a al estación el tren que la mujer espepraba. La señora se pone de pie, recoge sus cosas del banco y se sube al vagón que le corresponde.
A través de la ventanilla del ferrocarril, la enfadada pasajera observa cómo el joven se come a pequeños bocados la mitad de la última galletita.
-Con una juventud como ésta - se dice en voz baja-, este país no tiene remedio.
El tren arranca. Con la garganta reseca por el enfado, la mujer se dispone a abrir su bolso para buscar el refresco que había comprado en la tienda de la estación. Para su sorpresa, allí está, sin abrir, su propio paquete de galletitas.
Valerie Cox, reinterpretado por Jorge Bucay

4 comentarios:

maría jesús dijo...

Hace muy poco la vida me dió una lección parecida, como cuando pensamos creer saber cual es la verdad, descubrimos tristemente más tarde que equivocados estábamos. Esta historia me lo ha hecho recordar y me alegro de haberla leído. Es bueno no olvidarnos de nuestros errores. Me gusta entrar en tu blog y encontrar estos pequeños "regalitos" en forma de canciones, poemas...:)

gabriel pacheco dijo...

Siendo honestos me me causa algo de incredulidad Bucay, pero este fragmento me ha hecho reir mucho.
El otro libro que recomendaste nunca lo encontré, lástima.
Saludos Rosa.

Adijirja dijo...

Si es que desde Jesucristo, el pelo largo y la barba dan muy mala impresión... :))

Rosa Marrero dijo...

MJ:está bien cuando nos damos cuenta de que estabamos equivocados...
GP:yo tampoco tengo "fe" ni en Bucay ni en Coelho, grandes vendedores de "grandes verdades" (bueno, las verdades de Coelho parecen más pretenciosas). El otro libro es muy bueno.
A:cualquier pinta nos da mala impresión a los prejuiciosos... :)